Se acerca la llegada de un nuevo año y con ella el término de éste. Estas fechas son siempre especiales. Representan de alguna manera ese adiós del que ya había hablado. Son fechas de sentimientos encontrados. Siempre hay algo de nostalgia por el año que se va; por el reconocimiento del tiempo que transcurre, que no se detiene, que no espera por nadie. El tiempo que pasa velozmente ante nuestros ojos, y que a veces nos hace preguntarnos si lo hemos aprovechado lo suficiente.
Claro que siempre está la otra cara del año nuevo, la de la esperanza renovada, la de la emoción por el futuro, la de la espera porque el nuevo año sea aún mejor que el anterior. También son estas fechas motivo de unión familiar y de viejas amistades. De dar y recibir abrazos, que siempre es bueno.
Y luego están los propósitos de año nuevo. Por alguna razón creemos que la fecha en la que debemos establecernos metas (o por lo menos hacerlas públicas) es exclusivamente el 31 de diciembre. Nos proponemos cosas que en realidad pensamos todos los días (“ahora sí bajo de peso, ahora si le echo más ganas a la uni, ahora sí llego temprano a la oficina…”). Es un derroche de cosas que “ahora sí” vamos a hacer. Enfatizo el “ahora sí” porque los propósitos de año nuevo suelen ser repetitivos, cosa que sucede porque normalmente se nos olvidan por ahí del día de reyes. Pero no importa, lo divertido es ponerse metas y sentir esa motivación que se tiene siempre en los primeros días del año. Claro que sería aún mejor cumplirlas, pero normalmente las metas de cada persona se van cumpliendo sin tanta imposición, trabajando en ellas por puro gusto.
Algo que me encanta del año nuevo son la cantidad de mitos y rituales extraños que se hacen, y de los que algunos somos presa, más por tradición que por superstición.
Unos se ponen calzones rojos para el amor, otros amarillos para el dinero. Ignoro cómo el color de los calzones puede influir en el éxito amoroso y económico, pero es de dominio público que así funciona la cosa. Además me parece rarísimo que de todas las prendas sean precisamente los calzones los que han de traerte buena fortuna.
Cómo éste existen muchos ritos igual de ridículos y divertidos. Nunca faltan las tías que se ponen a darle la vuelta a la manzana con las maletas en la mano, disque pa´ viajar más. Imagínense aquel espectáculo. También está el clásico borreguito que se cuelga en la puerta, la vela que se enciende a las 12, las lentejas que según se comen para la buena fortuna, y el más tradicional y divertido de todos; comer las uvas con las 12 campanadas. Bueno, “comer” no sé si sea la palabra correcta, más bien “atragantarse” las uvas, porque las campanadas pasan tan rápido que parece casi imposible no sentir que está uno al borde de la muerte. Y si en el súper ya no había de las que no traen semillas, ya te amolaste. Imagínense, “causa de muerte: asfixia provocada por una uva de año nuevo.”
Para mí eso de las uvas es siempre un momento de estrés más que de gozo. A veces ni me da tiempo de pedir ningún deseo con tal de tragarme las pinches uvas. Eso sí, si me las logro comer todas siento una verdadera satisfacción, como si fuera un gran logro tragarse 12 uvas en unos segundos; que a decir verdad lo es.
Les deseo a todos un feliz año nuevo y que reciban el 2008 llenos de alegría y con sus seres queridos. No olviden ponerse sus calzones colorados y espero que ningún familiar o amigo se ahogue con las uvas. Con cariño…yo.